Blog de Literatura - Fomentando la Lectura

domingo, 28 de julio de 2013

Blancanieves y los siete enanos - Roald Dahl

"Cuentos en verso para niños perversos" es un libro que no necesita más presentación en este blog: He subido "Juan y la habichuela mágica" y "La cenicienta". Pero siempre es bueno recordar un poquito de que se trata. En este libro, Roald Dahl nos invita a pensar los cuentos de hadas clásicos desde otro lugar, poniendo en juego otros elementos para contar la misma historia. El resultado es muy divertido.
Hoy me decidí por "Blancanieves y los siete enanos". Siempre estoy por compartir el relato de los hermanos Grimm... prometido para otro momento...



BLANCANIEVES Y LOS SIETE ENANOS
 

Cuando murió la madre de Blanquita
dijo su padre, el Rey: "Esto me irrita.
¡Qué cosa tan pesada y tan latosa!
Ahora tendré que dar con otra esposa..."
-es, por lo visto, un lío del demonio
para un Rey componer su matrimonio-.
Mandó anunciar en todos los periódicos:
"Se necesita Reina" y, muy metódico,
recortó las respuestas que en seguida
llegaron a millones... "La elegida
ha de mostrar con pruebas convincentes
que eclipsa a cualquier otra pretendiente".
Por fin fue preferida a las demás
la señorita Obdulia Carrasclás,
que trajo un artefacto extraordinario
comprado a algún exótico anticuario:
era un espejo mágico parlante
con marco de latón, limpio y brillante,
que contestaba a quien le planteara
cualquier cuestión con la verdad más clara.
Así, si, por ejemplo, alguien quería
saber qué iba a cenar en ese día,
el chisme le decía sin tardar:
"Lentejas o te quedas sin cenar".
El caso es que la Reina, que Dios guarde,
le preguntaba al trasto cada tarde:
"Dime Espejito, cuéntame una cosa:
de todas, ¿no soy yo la más hermosa?".
Y el cachivache siempre: "Mi Señora,
vos sois la más hermosa, encantadora
y bella de este reino. No hay rival
a quien no hayáis comido la moral".
 

La Reina repitió diez largos años
la estúpida pregunta y sin engaños
le contestó el Espejo, hasta que un día
Obdulia oyó al cacharro que decía:
"Segunda sois, Señora. Desde el jueves
es mucho más hermosa Blancanieves".
Su majestad se puso furibunda,
armó una impresionante barahúnda
y dijo: "¡Yo me cargo a esa muchacha!
¡La aplastaré como a una cucaracha!
¡La despellejaré, la haré guisar
y me la comeré para almorzar!".
Llamó a su Cazador al aposento
y le gritó: "¡Cretino, escucha atento!
Vas a llevarte al monte a la Princesa
diciéndole que vais a buscar fresas
y, cuando estéis allí, vas a matarla,
desollarla muy bien, descuartizarla
y, para terminar, traerme al instante
su corazón caliente y palpitante".
 

El Cazador llevó a la criatura,
mintiéndole vilmente, a la espesura
del Bosque. La Princesa, que se olió
la torta, dijo: "¡Espere! ¿Qué he hecho yo
para que usted me mate, señor mío?
-el brazo y el cuchillo de aquel tío
erizaban el pelo al más pintado-.
¡Déjeme, por favor, no sea pesado!".
El Cazador, que no era mala gente,
se derritió al mirar a la inocente.
"¡Aléjate corriendo de mi vista,
porque, si me lo pienso más, vas lista...!".
La chica ya no estaba -¡qué iba a estar!-
cuando el verdugo terminó de hablar.
Después fue el hombre a ver al carnicero,
pidió que le sacara un buen cordero,
compró media docena de costillas
amén del corazón y, a pies juntillas,
Obdulia tomó aquella casquería
por carne de Princesa. "¡Que mi tía
se muera si he faltado a vuestro encargo,
Señora...! Se hace tarde... Yo me largo...".
"Os creo, Cazador. Marchad tranquilo
-dijo la Reina-. ¡Y ese medio kilo
de chuletilla y ese corazón
los quiero bien tostados al carbón!",
y se los engulló, la muy salvaje,
con un par de vasitos de brebaje.
 

¿Qué hacía la Princesa, mientras tanto?
Pues auto-stop para curar su espanto.
Volvió a la capital en un boleo
y consiguió muy pronto un buen empleo
de ama de llaves en el domicilio
de siete divertidos hombrecillos.
Habían sido jockeys de carreras
y eran muy majos todos, si no fuera
por un vicio que en sábados y fiestas
les devoraba el coco: ¡las apuestas!
Así, si en los caballos no atinaban
un día, aquella noche no cenaban...
Hasta que una mañana dijo Blanca:
"Tengo una idea, chicos, que no es manca.
Dejad todo el asunto de mi cuenta,
que voy a resolveros vuestra renta,
pero hasta que yo vuelva de un paseo
no quiero que juguéis ni al veo-veo".
Se fue Blanquita aquella misma noche
de nuevo en auto-stop, -y en un buen cochehasta
Palacio y, siendo chica lista,
cruzó los aposentos sin ser vista;
el Rey estaba absorto haciendo cuentas
en el Despacho Real y la sangrienta
Obdulia se encontraba en la cocina
comiendo pan con miel y margarina.
La joven pudo, pues, llegar al fin
hasta el dichoso Espejo Parlanchín,
echárselo en un saco y, de puntillas,
volver sobre sus pasos dos mil millas
-que eso le parecieron, pobrecita-.
"¡Muchachos, aquí traigo una cosita
que todo lo adivina sin error!
¿Queréis probar?". "¡Sí, sí!", dijo el mayor:
"Mira, Espejito, no nos queda un chavo,
así que has de acertar en todo el clavo:
¿quién ganará mañana la tercera?".
"La yegua Rififí será primera",
le contestó el Espejo roncamente...
¡Imaginad la euforia consiguiente!
Blanquita fue aclamada, agasajada,
despachurrada a besos y estrujada.
Luego corrieron todos los Enanos
hasta el local de apuestas más cercano
y no les quedó un mal maravedí
que no fuera a parar a Rififí:
vendieron el Volkswagen, empeñaron
relojes y colchones, se entramparon
con una sucursal de la Gran Banca
para apostarlo todo a su potranca.
Después, en el hipódromo, se vio
que el Espejito no se equivocó,
y ya siempre los sábados y fiestas
ganaron los muchachos sus apuestas.
Blanquita tuvo parte en beneficios
por ser la emperatriz del artificio,
y, en cuanto corrió un poco el calendario,
se hicieron todos superbillonarios
-de donde se deduce que jugar
no es mala cosa... si se va a ganar-.
 

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