Blog de Literatura - Fomentando la Lectura

viernes, 28 de febrero de 2014

La fábula del Mirto - Clemens Maria Brentano

El siguiente es un cuento que me encantaba cuando era chica y hace muchos años no leía. 
"La fábula del Mirto" fue escrito por el romántico alemán Clemens Maria Brentano (1778-1842). Desconozco si siendo que este cuento no surgió de la tradición oral, se puede calificar como cuento de hadas pero tiene todos los ingredientes para serlo.
No encontré una edición en internet por lo que decidí compartir con ustedes aquella que yo leía de pequeña. Puse las imágenes en buena calidad así que si no alcanzan a leer el texto, simplemente hagan "click" en ellas.
Por cierto, me fascinan las ilustraciones de Takuya Obara que lo acompañan. 
Nota: Acabo de descubrir, gracias a internet, que a este cuento también se lo conoce como "La doncella del Mirto". Y si les interesa conocer más de este autor, aquí encontré una interesante biografía sobre él.


La fábula del Mirto























jueves, 27 de febrero de 2014

Las tres hojas de la serpiente - Los hermanos Grimm

Solemos asociar a los cuentos de hadas con historias de amor idílico y finales al estilo "Y comieron perdices y vivieron felices para siempre". Sin embargo, la mayoría de los cuentos de hadas caen fuera de ese tipo de relatos (Pienso, se hecho, que ese tipo de cuento de hadas es un invento de la Disney...). "Las tres hojas de la serpiente" me gustó justamente por ese motivo: lo alejado que se encuentra de esa idea que muchos tenemos de qué es un cuento de hadas.
Una pareja se promete mutuamente morir en caso de que uno de ellos muera primero. ¿Es eso amor o estupidez romántica? ¿Qué sucede si efectivamente uno muere? ¿Está el otro obligado a cumplir esa promesa? ¿Qué sucede cuando el tiempo pasa y el amor romántico-pasional se desvanece? ¡Qué rollo! ¿No les parece? :D



Las tres hojas de la serpiente

Vivía una vez un hombre tan pobre, que pasaba apuros para alimentar a su único hijo. Díjole entonces éste:

- Padre mío, estáis muy necesitado, y soy una carga para vos. Mejor será que me marche a buscar el modo de ganarme el pan.

Dióle el padre su bendición y se despidió de él con honda tristeza.

Sucedió que por aquellos días el Rey sostenía una guerra con un imperio muy poderoso. El joven se alistó en su ejército y partió para la guerra. Apenas llegado al campo de batalla, se trabó un combate. El peligro era grande, y llovían muchas balas; el mozo veía caer a sus camaradas de todos lados, y, al sucumbir también el general, los demás se dispusieron a emprender la fuga. Adelantóse él entonces, los animó diciendo:

- ¡No vamos a permitir que se hunda nuestra patria!

Seguido de los demás, lanzóse a la pelea y derrotó al enemigo. Al saber el Rey que sólo a él le debía la victoria, ascendiólo por encima de todos, dióle grandes tesoros y lo nombró el primero del reino.

Tenía el monarca una hija hermosísima, pero muy caprichosa. Había hecho voto de no aceptar a nadie por marido y señor, que no prometiese antes solemnemente que, en caso de morir ella, se haría enterrar vivo en su misma sepultura: "Si de verdad me ama -decía la princesa-, ¿para qué querrá seguir viviendo?." Por su parte, ella se comprometía a hacer lo mismo si moría antes el marido. Hasta aquel momento, el singularísimo voto había ahuyentado a todos los pretendientes; pero su hermosura impresionó en tal grado al joven, que, sin pensarlo un instante, la pidió a su padre.

- ¿Sabes la promesa que has de hacer? -le preguntó el Rey.
- Que debo bajar con ella a la tumba, si muere antes que yo -respondió el mozo-. Tan grande es mi amor, que no me arredra este peligro.

Consintió entonces el Rey, y se celebró la boda con gran solemnidad y esplendor.

Los recién casados vivieron una temporada felices y contentos, hasta que, un día, la joven princesa contrajo una grave enfermedad, a la que ningún médico supo hallar remedio. Cuando hubo muerto, su esposo recordó la promesa que había hecho. Horrorizábale la idea de ser sepultado en vida; pero no había escapatoria posible. El Rey había mandado colocar centinelas en todas las puertas, y era inútil pensar en sustraerse al horrible destino. Llegado el día en que el cuerpo de la princesa debía ser bajado a la cripta real, el príncipe fue conducido a ella, y tras él se cerró la puerta a piedra y lodo.

Junto al féretro había una mesa, y con ella cuatro velas, cuatro hogazas de pan y cuatro botellas de vino. Cuando hubiera consumido aquellas vituallas, habría de morir de hambre y sed.

Dolorido y triste, comía cada día sólo un pedacito de pan y bebía un sorbo de vino; pero bien veía que la muerte se iba acercando irremisiblemente. Una vez que tenía la mirada fija en la pared, vio salir de uno de los rincones de la cripta una serpiente, que se deslizaba en dirección al cadáver. Pensando que venía para devorarlo, sacó la espada y exclamó: "¡Mientras yo esté vivo, no la tocarás!." Y la partió en tres pedazos.
Al cabo de un rato salió del mismo rincón otra serpiente, que enseguida retrocedió, al ver a su compañera muerta y despedazada. Pero regresó a los pocos momentos, llevando en la boca tres hojas verdes. Cogió entonces los tres segmentos de la serpiente muerta y, encajándolos debidamente, aplicó a cada herida una de las hojas. Inmediatamente quedaron soldados los trozos; el animal comenzó a agitarse, recobrada la vida, y se retiró junto con su compañera. Las hojas quedaron en el suelo, y al desgraciado príncipe, que había asistido a aquel prodigio, se le ocurrió que quizás las milagrosas hojas que había devuelto la vida a la serpiente, tendrían también virtud sobre las personas. Recogiólas y aplicó una en la boca de la difunta, y las dos restantes, en sus ojos. Y he aquí que apenas lo hubo hecho, la sangre empezó a circular por las venas y restituyó al lívido rostro su color sonrosado. 
Respiró la muerta y, abriendo los ojos, dijo:

- ¡Dios mío!, ¿dónde estoy?
- Estás conmigo, esposa querida -respondióle el príncipe, y le contó todo lo ocurrido y cómo la había vuelto a la vida.
Dióle luego un poco de pan y vino, y cuando la princesa hubo recobrado algo de vigor, ayudóla a levantarse y a ir hasta la puerta, donde ambos se pusieron a golpear y gritar tan fuertemente, que los guardias los oyeron y corrieron a informar al Rey. Éste bajó personalmente a la cripta y se encontró con la pareja sana y llena de vida. Todos se alegraron sobremanera ante la inesperada solución del triste caso. El joven príncipe se guardó las tres hojas de la serpiente y las entregó a su criado, diciéndole:

- Guárdamelas con el mayor cuidado y llévalas siempre contigo. ¡Quién sabe si algún día podemos necesitarías!
Sin embargo, habíase producido un cambio en la resucitada esposa. Parecía como si su corazón no sintiera ya afecto alguno por su marido. Transcurrido algún tiempo, quiso él emprender un viaje por mar para ir a ver a su viejo padre, y los dos esposos embarcaron. Ya en la nave, olvidó ella el amor y fidelidad que su esposo le mostrara cuando le salvó la vida, y comenzó a sentir una inclinación culpable hacia el piloto que los conducía. Y un día, en que el joven príncipe se hallaba durmiendo, llamó al piloto y, cogiendo ella a su marido por la cabeza y el otro por los pies, lo arrojaron al mar. 
Cometido el crimen, dijo la princesa al marino:
- Regresemos ahora a casa; diremos que murió en ruta. Yo te alabaré y encomiaré ante mi padre en términos tales, que me casará contigo y te hará heredero del reino.
Pero el fiel criado, que había asistido a la escena, bajó al agua un botecito sin ser advertido de nadie, y en él se dirigió, a fuerza de remos, al lugar donde cayera su señor, dejando que los traidores siguiesen su camino. Sacó del agua el cuerpo del ahogado, y, con ayuda de las tres hojas milagrosas que llevaba consigo y que aplicó en sus ojos y boca, lo restituyó felizmente a la vida.
Los dos se pusieron entonces a remar con todas sus fuerzas, de día y de noche, y con tal rapidez navegaron en su barquita, que llegaron a presencia del Rey antes que la gran nave. Asombrado éste al verlos regresar solos, preguntóles qué les había sucedido. Al conocer la perversidad de su hija, dijo:
- No puedo creer que haya obrado tan criminalmente; mas pronto la verdad saldrá a la luz del día- y, enviando a los dos a una cámara secreta, los retuvo en ella sin que nadie lo supiera.

Poco después llegó el barco, y la impía mujer se presentó ante su padre con semblante de tristeza. 
Preguntóle él:
 - ¿Por qué regresas sola? ¿Dónde está tu marido?
- ¡Ay, padre querido! -exclamó la princesa-, ha ocurrido una gran desgracia. Durante el viaje mi esposo enfermó súbitamente y murió y, de no haber sido por la ayuda que me prestó el patrón de la nave, yo también lo habría pasado muy mal. Estuvo presente en el acto de su muerte, y puede contároslo todo.

Dijo el Rey:

- Voy a resucitar al difunto -y, abriendo el aposento, mandó salir a los dos hombres.

Al ver la mujer a su marido, quedó como herida de un rayo y, cayendo de rodillas, imploró perdón. Pero el Rey dijo:

- No hay perdón. Él se mostró dispuesto a morir contigo y te restituyó la vida; en cambio, tú le asesinaste mientras dormía, y ahora recibirás el pago que merece tu acción.

Fue embarcada junto con su cómplice en un navío perforado y llevada a alta mar, donde muy pronto los dos fueron tragados por las olas.

lunes, 24 de febrero de 2014

Rapunzel, la dama de la torre - Los hermanos Grimm

¿Quién no recuerda de su infancia el "Rapunzel, Rapunzel, ¡suelta tu cabello!" leído por su madre, padre, maestra del jardín de infantes... o por quien sea? "Rapunzel" es uno de esos cuentos que todos hemos o leído o escuchado al menos una vez. Y aunque "Enredados" de Disney es una peli muy agradable y graciosa, poco tiene que ver con el relato de los hermanos Grimm.
La traducción de los cuentos de los Grimm que tengo es considerada la más fiel que existe en español al alemán original. Sin embargo, en ella a Rapunzel la llaman de Verdezuela... Rapunzel en alemán es el nombre de una planta: la Campanula rapunculus, que es algo así como una campanita o campanilla, como prefieran ustedes llamarla. Imagino que por ello lo han traducido como "Verdezuela"... otro tipo de planta. 
Pero lo más llamativo de esta historia no es el nombre de la protagonista (a quien también he visto llamada de "Nabiza", otra planta más...) sino el desenlace. A veces me sorprende - bah, siempre me sorprende - cómo nos las hemos ingeniado para criticar, manosear y modificar los cuentos de hadas clásicos que consideramos UN HORROR - así en mayúsculas - y, ya que estamos, olvidarnos luego de ellos. 


Imagen tomada de internet

Rapunzel, la dama de la torre
(o Nabiza)
(o Verdezuela)

Había una vez un hombre y una mujer que vivían solos y desconsolados por no tener hijos, hasta que, por fin, la mujer concibió la esperanza de que Dios Nuestro Señor se disponía a satisfacer su anhelo. La casa en que vivían tenía en la pared trasera una ventanita que daba a un magnífico jardín, en el que crecían espléndidas flores y plantas; pero estaba rodeado de un alto muro y nadie osaba entrar en él, ya que pertenecía a una bruja muy poderosa y temida de todo el mundo. Un día asomóse la mujer a aquella ventana a contemplar el jardín, y vio un bancal plantado de hermosísimas verdezuelas, tan frescas y verdes, que despertaron en ella un violento antojo de comerlas. El antojo fue en aumento cada día que pasaba, y como la mujer lo creía irrealizable, iba perdiendo la color y desmirriándose, a ojos vistas. Viéndola tan desmejorada, le preguntó asustado su marido: "¿Qué te ocurre, mujer?" - "¡Ay!" exclamó ella, "me moriré si no puedo comer las verdezuelas del jardín que hay detrás de nuestra casa." 
El hombre, que quería mucho a su esposa, pensó: "Antes que dejarla morir conseguiré las verdezuelas, cueste lo que cueste." Y, al anochecer, saltó el muro del jardín de la bruja, arrancó precipitadamente un puñado de verdezuelas y las llevó a su mujer. Ésta se preparó enseguida una ensalada y se la comió muy a gusto; y tanto le gustaron, que, al día siguiente, su afán era tres veces más intenso. Si quería gozar de paz, el marido debía saltar nuevamente al jardín. Y así lo hizo, al anochecer. Pero apenas había puesto los pies en el suelo, tuvo un terrible sobresalto, pues vio surgir ante sí la bruja. "¿Cómo te atreves," díjole ésta con mirada iracunda, "a entrar cual un ladrón en mi jardín y robarme las verdezuelas? Lo pagarás muy caro." 
- "¡Ay!" respondió el hombre, "tened compasión de mí. Si lo he hecho, ha sido por una gran necesidad: mi esposa vio desde la ventana vuestras verdezuelas y sintió un antojo tan grande de comerlas, que si no las tuviera se moriría." 
La hechicera se dejó ablandar y le dijo: "Si es como dices, te dejaré coger cuantas verdezuelas quieras, con una sola condición: tienes que darme el hijo que os nazca. Estará bien y lo cuidaré como una madre." Tan apurado estaba el hombre, que se avino a todo y, cuando nació el hijo, que era una niña, presentóse la bruja y, después de ponerle el nombre de Verdezuela; se la llevó.

Verdezuela era la niña más hermosa que viera el sol. Cuando cumplió los doce años, la hechicera la encerró en una torre que se alzaba en medio de un bosque y no tenía puertas ni escaleras; únicamente en lo alto había una diminuta ventana. Cuando la bruja quería entrar, colocábase al pie y gritaba:
"¡Verdezuela, Verdezuela,
Suéltame tu cabellera!"
Verdezuela tenía un cabello magnífico y larguísimo, fino como hebras de oro. Cuando oía la voz de la hechicera se soltaba las trenzas, las envolvía en torno a un gancho de la ventana y las dejaba colgantes: y como tenían veinte varas de longitud, la bruja trepaba por ellas.

Al cabo de algunos años, sucedió que el hijo del Rey, encontrándose en el bosque, acertó a pasar junto a la torre y oyó un canto tan melodioso, que hubo de detenerse a escucharlo. Era Verdezuela, que entretenía su soledad lanzando al aire su dulcísima voz. El príncipe quiso subir hasta ella y buscó la puerta de la torre, pero, no encontrando ninguna, se volvió a palacio. No obstante, aquel canto lo había arrobado de tal modo, que todos los días iba al bosque a escucharlo. Hallándose una vez oculto detrás de un árbol, vio que se acercaba la hechicera, y la oyó que gritaba, dirigiéndose a o alto:
"¡Verdezuela, Verdezuela,
Suéltame tu cabellera!"
Verdezuela soltó sus trenzas, y la bruja se encaramó a lo alto de la torre. "Si ésta es la escalera para subir hasta allí," se dijo el príncipe, "también yo probaré fortuna." Y al día siguiente, cuando ya comenzaba a oscurecer, encaminóse al pie de la torre y dijo:
"¡Verdezuela, Verdezuela,
Suéltame tu cabellera!"
Enseguida descendió la trenza, y el príncipe subió.

En el primer momento, Verdezuela se asustó mucho al ver un hombre, pues jamás sus ojos habían visto ninguno. Pero el príncipe le dirigió la palabra con gran afabilidad y le explicó que su canto había impresionado de tal manera su corazón, que ya no había gozado de un momento de paz hasta hallar la manera de subir a verla. Al escucharlo perdió Verdezuela el miedo, y cuando él le preguntó si lo quería por esposo, viendo la muchacha que era joven y apuesto, pensó, "Me querrá más que la vieja," y le respondió, poniendo la mano en la suya: "Sí; mucho deseo irme contigo; pero no sé cómo bajar de aquí. Cada vez que vengas, tráete una madeja de seda; con ellas trenzaré una escalera y, cuando esté terminada, bajaré y tú me llevarás en tu caballo." Convinieron en que hasta entonces el príncipe acudiría todas las noches, ya que de día iba la vieja. 
La hechicera nada sospechaba, hasta que un día Verdezuela le preguntó: "Decidme, tía Gothel, ¿cómo es que me cuesta mucho más subiros a vos que al príncipe, que está arriba en un santiamén?" - "¡Ah, malvada!" exclamó la bruja, "¿qué es lo que oigo? Pensé que te había aislado de todo el mundo, y, sin embargo, me has engañado." Y, furiosa, cogió las hermosas trenzas de Verdezuela, les dio unas vueltas alrededor de su mano izquierda y, empujando unas tijeras con la derecha, zis, zas, en un abrir y cerrar de ojos cerrar de ojos se las cortó, y tiró al suelo la espléndida cabellera. Y fue tan despiadada, que condujo a la pobre Verdezuela a un lugar desierto, condenándola a una vida de desolación y miseria.

El mismo día en que se había llevado a la muchacha, la bruja ató las trenzas cortadas al gancho de la ventana, y cuando se presentó el príncipe y dijo:
"¡Verdezuela, Verdezuela,
Suéltame tu cabellera!"
La bruja las soltó, y por ellas subió el hijo del Rey. Pero en vez de encontrar a su adorada Verdezuela hallóse cara a cara con la hechicera, que lo miraba con ojos malignos y perversos: "¡Ajá!" exclamó en tono de burla, "querías llevarte a la niña bonita; pero el pajarillo ya no está en el nido ni volverá a cantar. El gato lo ha cazado, y también a ti te sacará los ojos. Verdezuela está perdida para ti; jamás volverás a verla." El príncipe, fuera de sí de dolor y desesperación, se arrojó desde lo alto de la torre. Salvó la vida, pero los espinos sobre los que fue a caer se le clavaron en los ojos, y el infeliz hubo de vagar errante por el bosque, ciego, alimentándose de raíces y bayas y llorando sin cesar la pérdida de su amada mujercita. Y así anduvo sin rumbo por espacio de varios años, mísero y triste, hasta que, al fin, llegó al desierto en que vivía Verdezuela con los dos hijitos gemelos, un niño y una niña, a los que había dado a luz. Oyó el príncipe una voz que le pareció conocida y, al acercarse, reconociólo Verdezuela y se le echó al cuello llorando. Dos de sus lágrimas le humedecieron los ojos, y en el mismo momento se le aclararon, volviendo a ver como antes. Llevóla a su reino, donde fue recibido con gran alegría, y vivieron muchos años contentos y felices.

sábado, 22 de febrero de 2014

El caballo mágico

Hoy traigo otro cuento de hadas ruso. Lo tomé de la revista imaginaria y espero que les guste.
Muy fácil resulta la vida en los cuentos de hadas... Solo basta hacer el bien, pedir un deseo o ser de la realeza para que los deseos se hagan realidad. En este cuento ruso, en lugar de hada madrina, tenemos un caballo mágico como responsable de la felicidad del protagonista, Iván, una versión masculina de "La cenicienta"...




El caballo mágico

Érase un anciano que tenía tres hijos varones. Los mayores, mozos despiertos y agraciados, gobernaban la hacienda. El menor, a quien llamaban Iván el Tonto, no era hermoso como sus hermanos. Dos cosas apasionaban a Iván: recoger hongos en el bosque y pasar horas y más horas tumbado en lo alto de la estufa.

Sintió el anciano padre que pronto iba a morir y ordenó a sus hijos:

—Cuando muera, venid tres noches seguidas a mi tumba y traedme pan.

Al poco tiempo el padre murió y fue enterrado. Al llegar la noche tocaba al hermano mayor ir a la tumba, pero, bien porque tuviese pereza o bien porque sintiera miedo, dijo a Iván:

—Ve por mí esta noche a la tumba del padre y te compraré una rosquilla.

Iván accedió, tomó una hogaza de pan y se dirigió a la tumba del padre. Una vez allí se sentó en el suelo a esperar. A la medianoche se abrió la tierra, el padre salió de la tumba y dijo:

—¿Quién está ahí? ¿Eres tú, mi primogénito? Dime ¿qué pasa en Rusia: ladran los perros, aúllan los lobos o llora mi hijito?

Iván respondió:

—Soy yo, Iván, tu hijo menor. En Rusia todo está tranquilo.

Comió el padre el pan y se tendió nuevamente en su tumba. Iván se marchó a casa y, por el camino, recogió hongos en el bosque. Cuando llegó a la isba, el hermano mayor le preguntó:

—¿Has visto al padre?
—Sí.
—¿Se comió el pan?
—Sí, comió hasta hartarse.

Llegó la segunda noche. Le tocaba ir al segundo hijo, pero bien porque tuviera pereza o bien porque sintiera miedo, dijo a Iván:

—Ve por mí a la tumba del padre y te haré unas albarcas.

Iván accedió, tomó una hogaza de pan y se dirigió a la tumba del padre. Una vez allí se sentó y se puso a esperar. A medianoche se abrió la tierra, el padre se levantó de la fosa y preguntó:

—¿Quién está ahí? ¿Eres tú mi segundo hijo? Dime ¿qué pasa en Rusia: ladran los perros, aúllan los lobos o llora mi hijito?

Iván respondió:

—Soy yo, Iván, tu hijo menor. En Rusia todo está tranquilo.

Comió el padre el pan y se tendió en su tumba. Iván se marchó a casa y, por el camino, recogió hongos en el bosque.

Cuando llegó a la isba, su hermano le preguntó:

—¿Ha comido pan nuestro padre?
—Sí, comió hasta hartarse.

A la tercera noche le tocaba ir a Iván, y éste dijo a sus hermanos:

—He ido ya dos noches a la tumba del padre. Hoy, id vosotros y así yo podré descansar.

Los hermanos le respondieron:

—¡Pero, qué dices Iván! Tú ya conoces cómo es aquello, mejor será que vayas tú también esta vez.

Iván accedió, tomó una hogaza y se marchó. A medianoche se abrió la tierra y el padre salió de la fosa.

—¿Quién hay ahí? ¿Eres tú, Iván, mi benjamín? Dime, ¿qué pasa en Rusia: ladran los perros, aúllan los lobos o llora mi hijito?

Iván respondió:

—Soy yo, tu hijo Iván. En Rusia todo está tranquilo.

El padre comió el pan y dijo:

—Eres el único que ha cumplido mi última voluntad, no tuviste miedo de venir a mi tumba tres noches seguidas. Toma este freno, sal a mitad del campo y grita: “Caballo morcillo, caballo tordillo, caballo hechizado, hermoso alazán, detente a mi lado, bello rubicán." Acudirá un caballo. Métete por su oreja derecha, sal por la izquierda, y te transformarás en un apuesto mozo como hay pocos. Luego, salta al lomo del caballo y cabalga.

Tomó Iván el freno que le tendía su padre, le dio las gracias y se marchó a casa. Por el camino, como siempre, recogió hongos en el bosque. Cuando llegó a la isba, los hermanos le preguntaron:

—¿Has visto a nuestro padre?
—Sí.
—¿Ha comido pan?
—Ha comido hasta hartarse y ha dicho que no volvamos más.

A los pocos días, un heraldo del zar anunció que todos los jóvenes solteros acudieran a palacio. La hija del zar, la zarevna Belleza sin Par, había mandado construir un palacete con doce columnas. Asomada a la ventana, en lo más alto del palacete, esperaría a ver quién era capaz de saltar montado en su caballo hasta lograr besar sus labios de miel. A ese jinete, cualquiera que fuese su condición, el zar daría por esposa a su hija, la zarevna Belleza sin Par, y de dote, la mitad de su reino.

Al enterarse de todo aquello los hermanos de Iván resolvieron probar suerte. Echaron pienso a sus hermosos corceles, los sacaron de la cuadra, se pusieron sus mejores ropas y peinaron sus rizos con esmero. Iván, tendido sobre la estufa les dijo:

—Hermanos, llevadme con vosotros a probar suerte.
—Cállate, tonto. Vete al bosque a recoger hongos y no quieras hacer reír a la gente.

Montaron los hermanos mayores sus hermosos corceles, se ladearon bizarramente los gorros y, entre gritos y silbidos, partieron al galope, dejando tras de sí un reguero de polvo. Iván tomó el freno que le había entregado su padre, salió al campo y gritó:

“Caballo morcillo, caballo tordillo, caballo hechizado, hermoso alazán, detente a mi lado, bello rubicán.”

Como por arte de birlibirloque apareció un caballo al galope. Sus cascos hacían temblar la tierra, sus ollares despedían llamas, y sus orejas, penachos de humo. Se detuvo el caballo en seco y preguntó con profunda voz:

—¿Qué mandas, señor mío?

Iván acarició al caballo, le puso el freno, se metió por su oreja derecha y salió por la izquierda, convertido en un mozo tan apuesto, que ni en los cuentos se encuentra uno igual. Montó Iván su caballo y se dirigió al palacio del rey. Galopaba el caballo, la tierra retemblaba bajo sus cascos, los montes y los valles desaparecían bajo su cola, y los troncos y tocones pasaban a gran velocidad por entre sus patas.

Llegó Iván al palacio y vio allí una multitud. En lo más alto de un hermoso palacete, con doce columnas se hallaba la zarevna Belleza sin Par, asomada a la ventana.

Salió el zar a la entrada de su mansión y dijo:

—Al valiente que salte con su caballo hasta la ventana y bese a mi hija en sus labios de miel, se la daré por esposa, y la mitad de mi reino será la dote.

Los bravos galanes hicieron la prueba, pero nadie pudo alcanzar la ventana. Probaron suerte los hermanos de Iván, pero sólo llegaron a la mitad del recorrido.

Le llegó el turno a Iván, que dio rienda suelta a su corcel, lo animó con un gritó y saltó, pero le faltaron algunos metros para alcanzar la ventana. Probó otra vez y sólo le faltaron unos centímetros. Hizo Iván retroceder al caballo, lo acicateó, saltó y, como una exhalación, voló ante la ventana y besó a la zarevna Belleza sin Par en sus labios de miel. La zarevna le golpeó con su anillo en la frente, marcándolo.

La muchedumbre clamó:

—¡Detenedle, detenedle!

Pero Iván ya se había perdido de vista.

Salió a campo abierto, detuvo al caballo, se metió por la oreja izquierda, salió por la derecha y de nuevo volvió a ser Iván el Tonto. Dejó suelto el caballo, se dirigió a casa y, por el camino, recogió hongos en el bosque. Cuando llegó a la isba, se envolvió la frente con un trapo y se tumbo en lo alto de la estufa.

Llegaron los hermanos mayores y relataron lo que habían visto:

—Había bravos galanes, pero uno no tuvo rival: saltó con su caballo y besó a la zarevna en la boca. Vimos por dónde había venido, pero no vimos por dónde se marchó.

Iván, tendido en la estufa, preguntó:

—¿No era yo, por azar?

Los hermanos le contestaron enojados:

—Como tonto que eres, no dices más que tonterías. Sigue durmiendo allí arriba de la estufa y come tus hongos.

Iván se quitó sin ser visto el trapo con que se cubría la frente para ocultar la marca del anillo de la zarevna, y una luz enceguecedora llenó la isba. Los hermanos gritaron asustados:

—¿Qué haces tonto? Vas a prender fuego a la isba.

Al día siguiente, el zar invitó a un festín a todos los boyardos, a todos los zareviches, y a todos los hombres sencillos, ricos y pobres, jóvenes y mayores.

Los hermanos de Iván se disponían a asistir al festín aquel. Iván les dijo:

—Llevadme con vosotros.
—¿Para qué, tonto, para que hagas reír a la gente? Quédate allí arriba de la estufa y come tus hongos.
Montaron los hermanos en sus hermosos corceles y se marcharon. Iván les siguió a pie. Llegó a palacio, entró en la sala del festín y se sentó silencioso en un rincón. La zarevna Belleza sin Par fue acercándose, uno por uno, a todos los invitados. Les ofrecía una gran copa de hidromiel y miraba si llevaban en la frente la marca de su anillo.

Por último llegó a donde estaba Iván y sintió que el corazón le daba un vuelco. Lo miró y lo vio todo tiznado y con los pelos de punta.

La zarevna Belleza sin Par le preguntó:

—¿Quién eres? ¿De dónde has venido? ¿Por qué llevas la frente vendada?
—Me he dado un golpe —respondió Iván.

La zarevna le quitó el trapo, y todo el palacio se llenó de luz. La zarevna gritó:

—¡Es mi sello! ¡Este es mi prometido!

Se acercó el zar y dijo:

—¿Este es tu prometido? ¡Pero si es feo como él solo y está todo tiznado!

Iván dijo al zar:

—Permita que me lave.

El zar se lo permitió. Salió Iván al patio y gritó, como le había enseñado su padre:

“Caballo morcillo, caballo tordillo, caballo hechizado, hermoso alazán, detente a mi lado, bello rubicán.”

Como por arte de birlibirloque, apareció el caballo al galope. Sus cascos hacían temblar la tierra, sus ollares despedían llamas y sus orejas, penachos de humo. Iván se metió por la oreja derecha, salió por la izquierda y nuevamente se convirtió en un joven tan apuesto que ni en los cuentos se encuentra igual. Todos los presentes, incluidos sus hermanos, quedaron boquiabiertos.

En fin, no dieron vueltas al asunto, inmediatamente después del festín, se celebró la boda.

jueves, 20 de febrero de 2014

La cenicienta - Charles Perrault

Ah... el hada madrina... ¿quién no quisiera tener una para que haga la vida más fácil y nos conceda todos los caprichos? Esta bien, ninguno de nosotros tiene una pero la cenicienta sí que tenía ¡y menos mal! porque sin hada madrina ¿qué habría sido de su vida?
La primera publicación de "La cenicienta" fue la de Charles Perrault bajo el título "Cendrillon ou La petite pantoufle de verre" (Cenicienta o el zapatito de cristal). Como ya he comentado en otras entradas, Charles Perrault recopiló una serie de relatos orales en su libro "Cuentos de mamá ganso" (o mamá oca según la traducción) y los publicó en 1697. Años más tarde, casi los mismos relatos y varios más, serían recopilados por los hermanos Grimm. Ambas versiones difieren bastante. Por ello, hoy traigo la primera, otro día veré de publicar la segunda :D
Encontré por allí que el origen de esta historia de remonta a la Grecia clásica y que su personaje era una muchacha egipcia de nombre Ródope... Al final mi profe de literatura griega tenía razón: ya todo estaba escrito en la época de los griegos...




LA CENICIENTA
 Había una vez un gentilhombre que se casó en segundas nupcias con una mujer, la más altanera y orgullosa que jamás se haya visto. Tenía dos hijas por el estilo y que se le parecían en todo.

El marido, por su lado, tenía una hija, pero de una dulzura y bondad sin par; lo había heredado de su madre que era la mejor persona del mundo.

Junto con realizarse la boda, la madrastra dio libre curso a su mal carácter; no pudo soportar las cualidades de la joven, que hacían aparecer todavía más odiables a sus hijas. La obligó a las más viles tareas de la casa: ella era la que fregaba los pisos y la vajilla, la que limpiaba los cuartos de la señora y de las señoritas sus hijas; dormía en lo más alto de la casa, en una buhardilla, sobre una mísera pallasa, mientras sus hermanas ocupaban habitaciones con parquet, donde tenían camas a la última moda y espejos en que podían mirarse de cuerpo entero.

La pobre muchacha aguantaba todo con paciencia, y no se atrevía a quejarse ante su padre, de miedo que le reprendiera pues su mujer lo dominaba por completo. Cuando terminaba sus quehaceres, se instalaba en el rincón de la chimenea, sentándose sobre las cenizas, lo que le había merecido el apodo de Culocenizón. La menor, que no era tan mala como la mayor, la llamaba Cenicienta; sin embargo Cenicienta, con sus míseras ropas, no dejaba de ser cien veces más hermosa que sus hermanas que andaban tan ricamente vestidas.

Sucedió que el hijo del rey dio un baile al que invitó a todas las personas distinguidas; nuestras dos señoritas también fueron invitadas, pues tenían mucho nombre en la comarca. Helas aquí muy satisfechas y preocupadas de elegir los trajes y peinados que mejor les sentaran; nuevo trabajo para Cenicienta pues era ella quien planchaba la ropa de sus hermanas y plisaba los adornos de sus vestidos. No se hablaba más que de la forma en que irían trajeadas.

—Yo, dijo la mayor, me pondré mi vestido de terciopelo rojo y mis adornos de Inglaterra.
—Yo, dijo la menor, iré con mi falda sencilla; pero en cambio, me pondré mi abrigo con flores de oro y mi prendedor de brillantes, que no pasarán desapercibidos.

Manos expertas se encargaron de armar los peinados de dos pisos y se compraron lunares postizos. Llamaron a Cenicienta para pedirle su opinión, pues tenía buen gusto. Cenicienta las aconsejó lo mejor posible, y se ofreció incluso para arreglarles el peinado, lo que aceptaron. Mientras las peinaba, ellas le decían:

— Cenicienta, ¿te gustaría ir al baile?
—Ay, señoritas, os estáis burlando, eso no es cosa para mí.
—Tienes razón, se reirían bastante si vieran a un Culocenizón entrar al baile.

Otra que Cenicienta las habría arreglado mal los cabellos, pero ella era buena y las peinó con toda perfección.

Tan contentas estaban que pasaron cerca de dos días sin comer. Más de doce cordones rompieron a fuerza de apretarlos para que el talle se les viera más fino, y se lo pasaban delante del espejo.

Finalmente, llegó el día feliz; partieron y Cenicienta las siguió con los ojos y cuando las perdió de vista se puso a llorar. Su madrina, que la vio anegada en lágrimas, le preguntó qué le pasaba.

—Me gustaría... me gustaría...

Lloraba tanto que no pudo terminar. Su madrina, que era un hada, le dijo:

—¿Te gustaría ir al baile, no es cierto?
—¡Ay, sí!, dijo Cenicienta suspirando.
—¡Bueno, te portarás bien!, dijo su madrina, yo te haré ir.

La llevó a su cuarto y le dijo:

—Ve al jardín y tráeme un zapallo.

Cenicienta fue en el acto a coger el mejor que encontró y lo llevó a su madrina, sin poder adivinar cómo este zapallo podría hacerla ir al baile. Su madrina lo vació y dejándole solamente la cáscara, lo tocó con su varita mágica e instantáneamente el zapallo se convirtió en un bello carruaje todo dorado.
Ilustración de Gustave Doré en la edición de 1867 de los cuentos de Charles Perrault

En seguida miró dentro de la ratonera donde encontró seis ratas vivas. Le dijo a Cenicienta que levantara un poco la puerta de la trampa, y a cada rata que salía le daba un golpe con la varita, y la rata quedaba automáticamente transformada en un brioso caballo; lo que hizo un tiro de seis caballos de un hermoso color gris ratón. Como no encontraba con qué hacer un cochero:

—Voy a ver, dijo Cenicienta, si hay algún ratón en la trampa, para hacer un cochero.
—Tienes razón, dijo su madrina, anda a ver.

Cenicienta le llevó la trampa donde había tres ratones gordos. El hada eligió uno por su imponente barba, y habiéndolo tocado quedó convertido en un cochero gordo con un precioso bigote. En seguida, ella le dijo:

—Baja al jardín, encontrarás seis lagartos detrás de la regadera; tráemelos.

Tan pronto los trajo, la madrina los trocó en seis lacayos que se subieron en seguida a la parte posterior del carruaje, con sus trajes galoneados, sujetándose a él como si en su vida hubieran hecho otra cosa. El hada dijo entonces a Cenicienta:

—Bueno, aquí tienes para ir al baile, ¿no estás bien aperada?
—Es cierto, pero, ¿podré ir así, con estos vestidos tan feos?

Su madrina no hizo más que tocarla con su varita, y al momento sus ropas se cambiaron en magníficos vestidos de paño de oro y plata, todos recamados con pedrerías; luego le dio un par de zapatillas de cristal, las más preciosas del mundo.

Una vez ataviada de este modo, Cenicienta subió al carruaje; pero su madrina le recomendó sobre todo que regresara antes de la medianoche, advirtiéndole que si se quedaba en el baile un minuto más, su carroza volvería a convertirse en zapallo, sus caballos en ratas, sus lacayos en lagartos, y que sus viejos vestidos recuperarían su forma primitiva. Ella prometió a su madrina que saldría del baile antes de la medianoche. Partió, loca de felicidad.

El hijo del rey, a quien le avisaron que acababa de llegar una gran princesa que nadie conocía, corrió a recibirla; le dio la mano al bajar del carruaje y la llevó al salón donde estaban los comensales. Entonces se hizo un gran silencio: el baile cesó y los violines dejaron de tocar, tan absortos estaban todos contemplando la gran belleza de esta desconocida. Sólo se oía un confuso rumor:

—¡Ah, qué hermosa es!
Ilustración de Gustave Doré en la edición de 1867 de los cuentos de Charles Perrault

El mismo rey, siendo viejo, no dejaba de mirarla y de decir por lo bajo a la reina que desde hacía mucho tiempo no veía una persona tan bella y graciosa. Todas las damas observaban con atención su peinado y sus vestidos, para tener al día siguiente otros semejantes, siempre que existieran telas igualmente bellas y manos tan diestras para confeccionarlos. El hijo del rey la colocó en el sitio de honor y en seguida la condujo al salón para bailar con ella. Bailó con tanta gracia que fue un motivo más de admiración.

Trajeron exquisitos manjares que el príncipe no probó, ocupado como estaba en observarla. Ella fue a sentarse al lado de sus hermanas y les hizo mil atenciones; compartió con ellas los limones y naranjas que el príncipe le había obsequiado, lo que las sorprendió mucho, pues no la conocían. Charlando así estaban, cuando Cenicienta oyó dar las once tres cuartos; hizo al momento una gran reverenda a los asistentes y se fue a toda prisa.

Apenas hubo llegado, fue a buscar a su madrina y después de darle las gracias, le dijo que desearía mucho ir al baile al día siguiente porque el príncipe se lo había pedido. Cuando le estaba contando a su madrina todo lo que había sucedido en el baile, las dos hermanas golpearon a su puerta; Cenicienta fue a abrir.

—¡Cómo habéis tardado en volver! les dijo bostezando, frotándose los ojos y estirándose como si acabara de despertar; sin embargo no había tenido ganas de dormir desde que se separaron.
—Si hubieras ido al baile, le dijo una de las hermanas, no te habrías aburrido; asistió la más bella princesa, la más bella que jamás se ha visto; nos hizo mil atenciones, nos dio naranjas y limones.

Cenicienta estaba radiante de alegría. Les preguntó el nombre de esta princesa; pero contestaron que nadie la conocía, que el hijo del rey no se conformaba y que daría todo en el mundo por saber quién era. Cenicienta sonrió y les dijo:

—¿Era entonces muy hermosa? Dios mío, felices vosotras, ¿no podría verla yo? Ay, señorita Javotte, prestadme el vestido amarillo que usáis todos los días.
—Verdaderamente, dijo la señorita Javotte, ¡no faltaba más! Prestarle mi vestido a tan feo Culocenizón tendría que estar loca.

Cenicienta esperaba esta negativa, y se alegró, pues se habría sentido bastante confundida si su hermana hubiese querido prestarle el vestido.

Al día siguiente, las dos hermanas fueron al baile, y Cenicienta también, pero aún más ricamente ataviada que la primera vez. El hijo del rey estuvo constantemente a su lado y diciéndole cosas agradables; nada aburrida estaba la joven damisela y olvidó la recomendación de su madrina; de modo que oyó tocar la primera campanada de medianoche cuando creía que no eran ni las once. Se levantó y salió corriendo, ligera como una gacela. El príncipe la siguió, pero no pudo alcanzarla; ella había dejado caer una de sus zapatillas de cristal que el príncipe recogió con todo cuidado.

Cenicienta llegó a casa sofocada, sin carroza, sin lacayos, con sus viejos vestidos, pues no le había quedado de toda su magnificencia sino una de sus zapatillas, igual a la que se le había caído.

Preguntaron a los porteros del palacio si habían visto salir a una princesa; dijeron que no habían visto salir a nadie, salvo una muchacha muy mal vestida que tenía más aspecto de aldeana que de señorita.

Cuando sus dos hermanas regresaron del baile, Cenicienta les preguntó si esta vez también se habían divertido y si había ido la hermosa dama. Dijeron que si, pero que había salido escapada al dar las doce, y tan rápidamente que había dejado caer una de sus zapatillas de cristal, la más bonita del mundo; que el hijo del rey la había recogido dedicándose a contemplarla durante todo el resto del baile, y que sin duda estaba muy enamorado de la bella personita dueña de la zapatilla. Y era verdad, pues a los pocos días el hijo del rey hizo proclamar al son de trompetas que se casaría con la persona cuyo pie se ajustara a la zapatilla.

Empezaron probándola a las princesas, en seguida a las duquesas, y a toda la corte, pero inútilmente. La llevaron donde las dos hermanas, las que hicieron todo lo posible para que su pie cupiera en la zapatilla, pero no pudieron. Cenicienta, que las estaba mirando, y que reconoció su zapatilla, dijo riendo:

—¿Puedo probar si a mí me calza?

Sus hermanas se pusieron a reír y a burlarse de ella. El gentilhombre que probaba la zapatilla, habiendo mirado atentamente a Cenicienta y encontrándola muy linda, dijo que era lo justo, y que él tenía orden de probarla a todas las jóvenes. Hizo sentarse a Cenicienta y acercando la zapatilla a su piececito, vio que encajaba sin esfuerzo y que era hecha a su medida.

Grande fue el asombro de las dos hermanas, pero más grande aún cuando Cenicienta sacó de su bolsillo la otra zapatilla y se la puso. En esto llegó la madrina que, habiendo tocado con su varita los vestidos de Cenicienta, los volvió más deslumbrantes aún que los anteriores.

Entonces las dos hermanas la reconocieron como la persona que habían visto en el baile. Se arrojaron a sus pies para pedirle perdón por todos los malos tratos que le habían infligido. Cenicienta las hizo levantarse y les dijo, abrazándolas, que las perdonaba de todo corazón y les rogó que siempre la quisieran.

Fue conducida ante el joven príncipe, vestida como estaba. Él la encontró más bella que nunca, y pocos días después se casaron. Cenicienta, que era tan buena como hermosa, hizo llevar a sus hermanas a morar en el palacio y las casó en seguida con dos grandes señores de la corte.




MORALEJA

En la mujer rico tesoro es la belleza,
el placer de admirarla no se acaba jamás;
pero la bondad, la gentileza
la superan y valen mucho más.
Es lo que a Cenicienta el hada concedió
a través de enseñanzas y lecciones
tanto que al final a ser reina llegó
(Según dice este cuento con sus moralizaciones).
Bellas, ya lo sabéis: más que andar bien peinadas
os vale, en el afán de ganar corazones
que como virtudes os concedan las hadas
bondad y gentileza, los más preciados dones.

OTRA MORALEJA

Sin duda es de gran conveniencia
nacer con mucha inteligencia,
coraje, alcurnia, buen sentido
y otros talentos parecidos,
Que el cielo da con indulgencia;
pero con ellos nada ha de sacar
en su avance por las rutas del destino
quien, para hacerlos destacar,
no tenga una madrina o un padrino.
 
 

domingo, 16 de febrero de 2014

La historia de los tres osos (el origen de Ricitos de Oro y los tres osos) - Robert Southey

Robert Southey fue un poeta romántico inglés que vivió entre 1774 y 1843, y fue el autor del texto "La historia de los tres osos" (aunque muchas veces se lo confunde con un cuento de los hermanos Grimm). La primera versión apareció en 1834 en "The Doctors" y la segunda en 1837 bajo el título "The Story of the Three Bears", cuento infantil al que luego se conocería como "Goldilocks and the Three Bears" y que allá por 1848 o 1849 tomaría su "forma" definitiva.
Leí por ahí que ya antes del relato de Southey circulaba una versión de boca en boca. Aparentemente se trataría de un cuento de la tradición oral adaptado por Southey. En 1831 Eleanor Mure (no encontré más info sobre ella que su nombre) publicó una historia en la cual en lugar de una niña, quien entraba a la casa era una fea y malvada anciana. Sin embargo, según leí, algunos historiadores del folclore inglés dicen que ya en 1814 Southey relataba la historia de la anciana y los osos a sus amigos... ¡Quién sabe como sucedió todo! Según parece, el cuento popular de la tradición oral era "Scrapefoot" donde quien entraba a la casa de los osos era una zorra (vixen: hembra del zorro). Se supone que Southey habría jugado con el significado de aquella palabra (vixen: peyorativo femenino: arpía)... y ya son demasiados suposiciones para mi gusto...
A continuación comparto la traducción al español y el texto de R. Southey en inglés... cuando aún la niña era una anciana, y papá oso, mamá oso y el pequeño osito, tres osos de diferentes tamaños.


La historia de los tres osos

Érase una vez tres osos, que vivían juntos en un bosque. Uno de ellos era pequeño, Wee Bear, otro era un oso de tamaño mediano, Middle Bear, y el otro era un gran oso, Huge Bear.

Cada uno tenía un bote por su potaje, una ollita para el pequeño, una olla de tamaño medio para el mediano, y una gran olla para el oso enorme. Y cada uno tenía una silla para sentarse, una sillita para el pequeño, una silla de tamaño medio para el mediano, y una gran silla para el enorme. Y cada uno tenia una cama para dormir, una pequeña cama para el pequeño, una cama de tamaño medio para el mediano, y una gran cama para el enorme.

Un día, después hubieran hecho la avena para el desayuno, y la hubieron repartido en las respectivas ollas, salieron a caminar por el bosque, mientras se enfriaba la avena, ya que no la podian comenzar a comer muy pronto, porque les quemaría. Y mientras caminaban, una anciana fue a la casa. Ella no podría haber sido una anciana honesta, ya que en cuanto llegó se asomó a la ventana, y espió por el ojo de la cerradura, y al no ver a nadie en la casa, levantó el pestillo. La puerta no estaba cerrada, porque los osos eran buenos osos, que nunca hicieron daño a nadie, y nunca sospecharon que alguien pudiera hacerles daño. Así que la anciana abrió la puerta, y entró, y se puso muy contenta al ver la avena en la mesa. Si hubiera sido una buena viejita, ella habría esperado a los osos en la casa, y luego, tal vez, ellos le hubieran compartido el desayuno, porque eran buenos osos, un poco rudos, como es la manera de los osos, pero muy bondadosos y hospitalarios. Pero ella era una mujer impúdica, vieja y mala, y se dedicó a ayudarse a sí misma.

Así que primero probó la avena de Huge Bear, pero estaba demasiado caliente para ella, y pronunció una mala palabra sobre eso. Luego probó la avena de Middle Bear, pero estaba demasiado fría para ella, y volvió a decir una mala palabra sobre eso. Y luego se fue a la papilla del pequeño, Wee Bear, y notó que no estaba ni demasiado caliente ni demasiado fría, estaba en su punto justo, y le gustó tanto que se lo comió todo: pero como era una anciana traviesa, dijo una mala palabra sobre la pequeña olla, ya que no tenia suficiente para ella.

Entonces la viejita se sentó en la silla de Huge Bear, pero era demasiado dura para ella. Entonces se sentó en la silla de Middle Bear, pero era demasiado blanda para ella. Y luego se sentó en la silla de Wee Bear, y notó que no era ni demasiado dura ni demasiado blanda, en el punto justo. Así que se sentó en ella, y allí se quedó hasta que la parte inferior de la silla cedió, y ella se cayó al suelo. Y la vieja traviesa, volvió a decir una mala palabra sobre eso también.

A continuación, la anciana fue arriba, a la habitación en la que dormían los tres osos. Y en primer lugar se acostó en la cama de Huge Bear, pero era demasiado incómoda para ella. A continuación se acostó en la cama del Middle Bear, pero también era demasiado incómoda para ella. Y entonces ella se acostó sobre la cama de Wee Bear, y estaba en su punto justo. Así se cubrió con comodidad, y se quedó allí hasta que se quedó profundamente dormida.

En ese momento los tres osos pensaron que su papilla estaría lo suficientemente fría, por lo que volvieron a casa a desayunar. La anciana había dejado la cuchara de Huge Bear, clavada en su avena.

-¡Alguien ha estado en mi sopa!-dijo con su gran voz áspera y ronca. Y cuando Middle Bear, miró su olla, vio que la cuchara estaba también clavada en la suya. Eran las cucharas de madera, si hubieran sido las de plata, la vieja traviesa las habría puesto en su bolsillo.

-¡Alguien ha estado en mi sopa!-dijo Middle Bear con su voz media.

Entonces el pequeño, Wee Bear, miró la suya, y allí estaba la cuchara en su ollita, pero la avena había desaparecido.

-¡Alguien ha estado en mi sopa y se lo ha comido todo!-dijo el pequeño, con su pequeña voz.

Después de esto, los tres osos, al ver que alguien había entrado en su casa, y se comió el desayuno del pequeño Wee Bear, comenzaron a revisar la casa. La anciana no había vuelto a acomodar el duro cojín, cuando se levantó de la silla de Huge Bear

-¡Alguien se ha sentado en mi silla!- dijo con su gran voz áspera y ronca.

La anciana también había dejado desacomodada la silla de Middle Bear.

-¡Alguien se ha sentado en mi silla!-dijo con su voz media.

Y cuando Wee Bear vio su silla, exclamó:

-¡Alguien se ha sentado en mi silla y la rompió!-dijo el pequeño con su pequeña voz.

A continuación, los tres osos consideraron necesario seguir con la búsqueda, por lo que subieron a su alcoba. Ahora, la anciana había quitado la almohada de Huge Bear de su lugar.

-¡Alguien se ha acostado en mi cama!-dijo con su gran voz áspera y ronca.

La anciana le había retirado el cabezal de la cama de Middle Bear.

-¡Alguien se ha acostado en mi cama!-dijo con su voz media.

Y cuando Wee Bear fue a revisar su cama, encontró que el cabezal estaba en su lugar correcto, y la almohada acomodada, pero sobre la almohada estaba la cabeza fea y sucia de la anciana, - que no estaba en su lugar, porque no tenía nada que hacer allí.

-¡Alguien se ha acostado en mi cama, y ​​aquí está!-dijo con su pequeña voz.

La anciana había oído en su sueño la gran voz áspera y ronca de Huge Bear, pero estaba tan profundamente dormida que no era para ella más que el rugido del viento o el estruendo de un trueno. Y escuchó la voz media, de Middle Bear, pero era sólo como si hubiera escuchado a algunos hablar en un sueño. Pero cuando se enteró de la pequeña, de la de Wee Bear, era tan aguda y penetrante, que la despertó al instante. Cuando reaccionó, y vio a los tres osos en un lado de la cama, ella se cayó, y corrió hacia la ventana. La ventana estaba abierta, porque los osos, que eran muy ordenados siempre la abrian por la mañana, para ventilarla. La viejecita saltó, y si se rompió el cuello en la caída, o se topó con el bosque y se perdió allí, o se encontró a su salida del bosque, con la policía y enviada a la Casa de Corrección por vagabunda, no lo sé. Pero nunca mas los tres osos supieron de ella.

Texto e imagen de: http://aversimasini.blogspot.com.ar/2010/12/robert-southey-story-of-three-bears.html
The Story of the
             Three Bears,
                              the original Goldilocks story


ONCE upon a time there were three Bears, who lived together in a house of their own in a wood. One of them was a Little, Small, Wee Bear; and one was a Middle-sized Bear, and the other was a Great, Huge Bear. They had each a pot for their porridge, a little pot for the Little, Small, Wee Bear; and a middle-sized pot for the Middle Bear; and a great pot for the Great, Huge Bear. And they had each a chair to sit in: a little chair for the Little, Small, Wee Bear; and a middle-sized chair for the Middle Bear; and a great chair for the Great, Huge Bear. And they had each a bed to sleep in: a little bed for the Little, Small, Wee Bear; and a middle-sized bed for the Middle Bear; and a great bed for the Great, Huge Bear. 
One day, after they had made the porridge for their breakfast and poured it into their porridge pots, they walked out into the wood while the porridge was cooling, that they might not burn their mouths by beginning too soon to eat it. And while they were walking a little old woman came to the house. She could not have been a good, honest, old woman; for, first, she looked in at the window, and then she peeped in at the keyhole, and, seeing nobody in the house, she lifted the latch. The door was not fastened, because the bears were good bears, who did nobody any harm, and never suspected that anybody would harm them. So the little old woman opened the door and went in; and well pleased she was when she saw the porridge on the table. If she had been a good little old woman she would have waited till the bears came home, and then, perhaps, they would have asked her to breakfast, for they were good hears-a little rough or so, as the manner of bear's is, but for all that very good-natured and hospitable. But she was an impudent, bad old woman, and set about helping herself. 
So first she tasted the porridge of the Great Huge Bear, and that was too hot for her; and she said a bad word about that. And then she tasted the porridge of the Middle Bear, and that was too cold for her; and she said a bad word about that, too. And then she went to the porridge of the Little, Small, Wee Bear, and tasted that, and that was neither too hot nor too cold, but just right; and she liked it so well that she ate it all up; but the naughty old woman said a bad word about the little porridge pot, because it did not hold enough for her. 
Then the little old woman sat down in the chair of the Great, Huge Bear, and that was too hard for her. And then she sat down in the chair of the Middle Bear, and that was too soft for her. And then she sat down in the chair of the Little Small, Wee Bear, and that was neither too hard nor too soft, but just right. So she seated herself in it, and there she sat till the bottom of the chair came out, and down came she, plump upon the ground. And the naughty old woman said wicked words about that, too. 
Then the little old woman went upstairs into the bedchamber in which the three Bears slept. And first she lay down upon the bed of the Great, Huge Bear, but that was too high at the head for her. And next she lay down upon the bed of the Middle Bear, and that was too high at the foot for her. And then she lay down upon the bed of the Little, Small, Wee Bear, and that was neither too high at the head nor at the foot, but just right. So she covered herself up comfortably, and lay there till she fell asleep. By this time the three Bears thought their porridge would be cool enough, so they came home to breakfast. Now the little old woman had left the spoon of the Great, Huge Bear standing in his porridge. 
"SOMEBODY HAS BEEN AT MY PORRIDGE!" said the Great, Huge Bear, in his great gruff voice. And when the Middle Bear looked at his, he saw that the spoon was standing in it, too. They were wooden spoons; if they had been silver ones the naughty old woman would have put them in her pocket. 
"SOMEBODY HAS BEEN AT MY PORRIDGE!" said the middle Bear, in his middle voice. 
Then the Little, Small, Wee Bear looked at his, and there was the spoon in the porridge pot, but the porridge was all gone. 
"SOMEBODY HAS BEEN AT MY PORRIDGE, AND HAS EATEN IT ALL UP!" said the Little, Small, Wee Bear, in his little, small, wee voice. 
Upon this the three Bears, seeing that some one had entered their house and eaten up the Little, Small, Wee Bear's breakfast, began to look about them. Now the little old woman had not put the hard cushion straight when she rose from the chair of the Great, Huge Bear. 
"SOMEBODY HAS BEEN SITTING IN MY CHAIR!" said the Great, Huge Bear, in his great, rough, gruff voice. 
And the little old woman had squatted down the soft cushion of the Middle Bear. 
"SOMEBODY HAS BEEN SITTING IN MY CHAIR!" said the Middle Bear, in his middle voice.
And you know what the little old woman had done to the third chair. 
"SOMEBODY HAS BEEN SITTING IN MY CHAIR, AND HAS SAT THE BOTTOM OUT OF IT!" said the Little, Small, Wee Bear, in his little, small, wee voice. 
Then the three bears thought it necessary that they should make further search; so they went upstairs into their bedchamber. Now the little old woman had pulled the pillow of the Great, Huge Bear out of its place. 
"SOMEBODY HAS BEEN LYING IN MY BED!" said the Great, Huge Bear, in his great, rough, gruff voice. 
And the little old woman had pulled the bolster of the Middle Bear out of its place. 
"SOMEBODY HAS BEEN LYING IN MY BED!" said the Middle Bear, in his middle voice. 
And when the Little, Small, Wee Bear came to look at his bed, there was the bolster in its place, and upon the pillow was the little old woman's ugly, dirty head-which was not in its place, for she had no business there. 
"SOMEBODY HAS BEEN LYING IN MY BED-AND HERE SHE IS!" said the Little, Small, Wee Bear, in his little, small, wee voice. 
The little old woman had heard in her sleep the great, rough, gruff voice of the Great, Huge Bear, but she was so fast asleep that it was no more to her than the moaning of wind or the rumbling of thunder. And she had heard the middle voice of the Middle Bear, but it was only as if she had heard some one speaking in a dream. But when she heard the little, small, wee voice of the Little, Small, Wee Bear, it was so sharp and so shrill that it awakened her at once. Up she started, and when she saw the three bears on one side of the bed she tumbled herself out at the other and ran to the window. Now the window was open, because the Bears, like good, tidy bears as they were, always opened their bedchamber window when they got up in the morning. Out the little old woman jumped, and whether she broke her neck in the fall or ran into the wood and was lost there, or found her way out of the wood and was taken up by the constable and sent to the House of Correction for a vagrant as she was, I cannot tell. But the three Bears never saw anything more of her.